—Como lección de historia de Inglaterra para los más pequeños —dijo Syme—, está muy bien; pero todavía no le veo la aplicación.
—Su aplicación es —dijo su informante—, que la mayoría de los hombres de confianza del viejo Sunday son millonarios sudafricanos y norteamericanos. Por eso se ha hecho con el control de todas las comunicaciones; y por eso los últimos cuatro campeones de la policía antianarquista corren por un bosque como conejos.
—Los millonarios puedo comprenderlos —dijo Syme pensativo—; están casi todos locos. Pero apoderarse de unos cuantos viejos malvados con manías es una cosa; apoderarse de grandes naciones cristianas es otra. Apostaría la nariz de mi cara (perdóneseme la alusión) a que Sunday se encontraría completamente indefenso ante la tarea de convertir a cualquier persona sana y corriente en cualquier parte.
—Bueno —dijo el otro—, más bien depende de a qué clase de persona te refieras.
—Bueno, por ejemplo —dijo Syme—, jamás podría convertir a esa persona —y señaló