Ese compañero había sido parte de su drama reciente; era el poeta pelirrojo Gregory. Caminaban como viejos amigos y se hallaban en medio de una conversación sobre alguna banalidad. Pero Syme solo sentía una ligereza antinatural en su cuerpo y una claridad cristalina en su mente que parecían estar por encima de todo lo que decía o hacía. Sentía que poseía alguna buena noticia imposible, la cual convertía cualquier otra cosa en una banalidad, pero en una banalidad adorable.
El alba despuntaba sobre todas las cosas con colores a la vez claros y tímidos; como si la Naturaleza hiciera un primer intento de amarillo y un primer intento de rosa.
Una brisa soplaba tan limpia y dulce que no cabía pensar que soplara desde el cielo; soplaba más bien a través de algún agujero en el firmamento.
Syme sintió una simple sorpresa al ver que se alzaban a su alrededor, a ambos lados del camino, los edificios rojos e irregulares de Saffron Park. No tenía idea de que hubiera caminado tan cerca de Londres.
Caminó por instinto a lo largo de un camino blanco, sobre el cual los pájaros madrugadores saltaban y cantaban, y se encontró frente a un jardín cercado. Allí vio a la hermana de Gregory, la muchacha de cabello rojo dorado, cortando lilas antes de desayunar, con la gran inconsciente gravedad de una muchacha.