Los criminales persiguen a la policía
Syme se apartó los prismáticos de los ojos con un alivio casi cadavérico.
—El presidente no está con ellos, de todos modos —dijo, y se secó la frente.
—Pero sin duda están justo en el horizonte —dijo el desconcertado coronel, parpadeando y medio recuperado apenas de la apresurada aunque cortés explicación de Bull—. ¿Podría usted acaso reconocer a su presidente entre toda esa gente?
—¡Cómo iba a reconocer un elefante blanco entre toda esa gente! —contestó Syme con cierta irritación—. Como usted muy bien dice, están en el horizonte; pero si él caminara con ellos... ¡por Dios! creo que este suelo temblaría.
Tras una pausa de un instante, el hombre nuevo llamado Ratcliffe dijo con sombría decisión:
—Por supuesto que el presidente no está con ellos. Ojalá por Dios que lo estuviera. Es mucho más probable que el presidente vaya desfilando triunfalmente por París, o sentado sobre las ruinas de la catedral de San Pablo.