de nuestra parte.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el profesor, mirándome fijo.
—Ciego de remate —gritó Bull—, ¿no ves quién los encabeza?
Volvieron a mirar y entonces el Coronel, con un nudo en la voz, exclamó:
—¡Vaya, si es Renard!
En verdad, había una fila de siluetas oscuras cruzando el camino, las cuales no se podían distinguir con claridad; pero lo suficientemente adelante como para captar la casualidad de la luz vespertina marchaba de un lado a otro el inconfundible Dr. Renard, con un sombrero blanco, acariciándose la larga barba castaña y sosteniendo un revólver en la mano izquierda.
—¡Qué tonto he sido! —exclamó el coronel—. Por supuesto, el querido viejo ha venido a ayudarnos.
El Dr. Bull desbordaba risas, agitando la espada en su mano con tanta despreocupación como si fuera un bastón. Saltó del coche y cruzó corriendo el espacio que los separaba, gritando:
“¡Dr. Renard! ¡Dr. Renard!”
Un instante después, Syme pensó que sus propios ojos se habían vuelto locos.
Pues el filantrópico doctor Renard había levantado deliberadamente su revólver y disparado dos veces contra Bull, de modo que las detonaciones resonaron a lo largo del camino.