directamente frente a él.
Habían llegado a un claro bañado de sol que a Syme le pareció la vuelta definitiva a su propio buen sentido; y en medio de aquel claro del bosque había una figura que bien podría representar dicho sentido común en una realidad casi aterradora.
Quemado por el sol, manchado de sudor y serio con la seriedad insondable de las pequeñas labores necesarias, un pesado campesino francés estaba cortando leña con una hacha.
Su carro se encontraba a unos cuantos yardas de distancia, ya medio lleno de madera; y el caballo que mordisqueaba la hierba era, como su amo, valeroso pero no desesperado; como su amo, era incluso próspero, pero aun así casi triste.
El hombre era un normando, más alto que el promedio de los franceses y muy anguloso; y su figura morena se recortaba oscura contra un cuadro de luz solar, casi como alguna figura alegórica del trabajo pintada al fresco sobre un fondo de oro.