lo esperó como San Jorge esperó al dragón, como un hombre espera una explicación definitiva o la muerte. Y el viejo profesor se le acercó por completo y pasó de largo como un perfecto desconocido, sin tan siquiera un parpadeo de sus tristes párpados.
Había algo en esta inocencia silenciosa e inesperada que dejó a Syme sumido en una furia definitiva. El rostro incoloro y los modales del hombre parecían afirmar que toda aquella persecución había sido un accidente.
Syme se sintió galvanizado por una energía que oscilaba entre la amargura y un arranque de burla juvenil. Hizo un gesto desmedido, como si fuera a tirarle el sombrero al viejo, exclamó algo parecido a «atrápame si puedes» y salió corriendo a toda velocidad a través del blanco y abierto Circus.
El ocultamiento era ya imposible; y, mirando hacia atrás por encima del hombro, pudo ver la figura negra del viejo caballero que venía tras él con zancadas largas y oscilantes, como un hombre ganando una carrera de una milla. Pero la cabeza sobre aquel cuerpo enérgico seguía siendo pálida, seria y profesional, como la cabeza de un conferenciante sobre el cuerpo de un arlequín.