Gracias”.
Cogió la mano de Poirot y le dio un apretón que hizo que este último se retorciera de dolor. Luego se encaminó a grandes zancadas hacia la puerta lateral y salió al jardín.
—No cualquier clase de necio —murmuró Poirot, acariciando con ternura el miembro herido—. Solo una clase: el necio por amor.