—Ahora podemos escuchar tu versión de lo que pasó esa noche —dijo Raymond con impaciencia.
—Ya lo sabéis —dijo Ralph—. Hay muy poco que añadir. Salí del cenador sobre las nueve y cuarto y anduve por los caminos, intentando decidir qué hacer a continuación, qué postura adoptar. Tengo que admitir que no tengo ni la más mínima coartada, pero os doy mi más solemnes palabra de que jamás fui al estudio, de que jamás vi a mi padrastro con vida... ni muerto. Piense lo que piense el mundo, me gustaría que todos vosotros me creyerais.
—Sin coartada —murmuró Raymond—. Es grave. Te creo, por supuesto, pero... es un asunto feo.
—Sin embargo, las cosas se vuelven muy sencillas —dijo Poirot con voz alegre—. Muy sencillas, la verdad.
Todos nos quedamos mirándolo.
—¿Comprende lo que quiero decir? ¿No? Solo esto: para salvar al capitán Paton, el verdadero criminal debe confesar.
Nos sonrió radiante a todos.
“Pero sí—quiero decir lo que digo. Vea ahora, no invité al inspector Raglan a estar presente. Eso fue por una razón. No quería decirle todo lo que sabía—al menos no quería decirle esta noche”.
Él se inclinó hacia adelante, y de pronto su voz y toda su personalidad cambiaron. De repente se volvió peligroso.
“Yo, que os hablo, sé que el asesino del señor Ackroyd está en esta sala ahora mismo. Es al asesino a quien le hablo. Mañana la verdad irá a parar al inspector Raglan. ¿Lo comprenden?”