que ella se lo habría contado todo antes de morir. Cuando lo encontré y lo vi tan alterado, pensé que tal vez él sabía la verdad, pero que no lograba convencerse de creerla y me iba a dar la oportunidad de refutarla.
Así que me fui a casa y tomé mis precauciones. Si al fin y al cabo el problema tenía que ver tan solo con Ralph, bueno, no se habría hecho ningún daño.
El dictáfono que me había regalado dos días antes para que lo ajustara. Algo le había fallado un poco, y le convencí de que me dejara intentarlo a mí, en vez de enviarlo de vuelta. Hice lo que quise y me lo llevé conmigo en el bolso aquella tarde.
Me siento bastante satisfecho de mí mismo como escritor. ¿Qué podría ser más pulcro, por ejemplo, que lo siguiente:
“ Las cartas llegaron a las ocho y cuarenta. Eran exactamente las ocho y cincuenta cuando lo dejé, con la carta todavía sin leer. Dudé con la mano en el pomo de la puerta, mirando hacia atrás y preguntándome si había dejado algo sin hacer. ”
Todo verdad, ya ves. ¡Pero supongamos que hubiera puesto una fila de asteriscos después de la primera frase!
¿Se habría preguntado entonces alguien qué pasó exactamente en esos diez minutos en blanco?
Cuando miré alrededor de la habitación desde la puerta, quedé muy satisfecho. No se había dejado nada al azar. El dictáfono estaba sobre la mesa junto a la ventana, programado para ponerse en marcha a las nueve y media (el mecanismo de aquel pequeño aparato era bastante ingenioso, basado en el principio de un despertador), y el sillón estaba corrido de manera que lo ocultaba desde la puerta.
Debo admitir que me llevé bastante sorpresa al tropezar con Parker justo en la puerta. He registrado fielmente ese hecho.