—Bueno —dijo Dan—, un montón de cosas van a tener que suceder antes de que Harve sea mi amo; pero me alegra que el doctor no haya querido señalarlo como a un Jonás. Ahora bien, yo desconfío del tío Salters como el más Jonás de todos los Jonases de la flota en lo que respecta a su propia suerte. No sé si se estará pegando como la viruela. Debería estar en el Carrie Pitman. Ese barco es su propio Jonás, seguro; las tripulaciones y los aparejos no cambian en nada su deriva. ¡Válgame Dios! Se soltará en plena calma chicha.
—Ya estamos bien lejos de la Flota, de todos modos —dijo Disko—. De Carrie Pitman y de todos.
Se oyó unos golpes en la cubierta.
—El tío Salters ha pescado su buena estrella —dijo Dan cuando su padre se marchó.
—Se ha despejado —gritó Disko, y toda la tripulación del castillo de proa salió tropezando en busca de un poco de aire fresco.
La niebla se había ido, pero un mar taciturno corría en grandes olas tras ella. El We’re Here se deslizaba, por decirlo así, en largas avenidas y zanjas hundidas que parecían bastante protegidas y acogedoras con tal de que se estuvieran quietas; pero cambiaban sin descanso ni piedad, y lanzaban a la goleta a coronar la cumbre de mil colinas grises, mientras el viento aullaba en su aparejo al bajar en zigzag por las laderas.
A lo lejos, el mar estallaba en una sábana de espuma, y los demás hacían lo mismo como por señal, hasta que los ojos de Harvey se mareaban con la visión de blancos y grises entrelazados.
Cuatro o cinco paíños de Wilson volaban en círculos furiosos, chillando al pasar raudos frente a la proa. Algún que otro chubasco de lluvia vagaba sin rumbo por el páramo desesperanzado, corría a favor del viento y de regreso, y se disolvía.