la universidad durante cuatro o cinco años. En las vacaciones se le permitiría acceso total a todos los detalles relacionados con la línea —no había hecho menos de dos mil preguntas al respecto—, desde los documentos más privados de su padre en la caja fuerte hasta el remolcador en el puerto de San Francisco.
“Trato hecho”, dijo al fin Cheyne.
“Cambiarás de opinión veinte veces antes de dejar la universidad, por supuesto; pero si lo tomas de la manera adecuada, y si no te atás de manos antes de los veintitrés años, te cederé el negocio. ¿Qué te parece, Harve?”.
—Qué va; nunca trae cuenta romper un negocio que marcha. De por sí hay demasiada competencia en el mundo, y Disko dice que «los parientes de sangre tienen que mantenerse unidos». Los suyos jamás le fallan. Esa es una de las razones, dice, por las que consiguen tan buenas capturas. Oye, el We’re Here zarpa hacia los Georges el lunes. No pasan mucho tiempo en tierra, ¿verdad?
—Bueno, supongo que nosotros también deberíamos irnos. He dejado mis asuntos en el aire entre dos océanos, y ya es hora de volver a conectarme. Aunque me da mucha pena hacerlo; no había tenido unas vacaciones así en veinte años.
—No podemos irnos sin despedirnos de Disko —dijo Harvey—; y el lunes es el Día de los Caídos. Quedémonos hasta entonces, de todos modos.
—¿Qué es eso del monumento conmemorativo? Estaban hablando de eso en la pensión —dijo Cheyne con debilidad—. Él tampoco tenía muchas ganas de estropear los días dorados.
“Bueno, por lo que alcanzo a ver, este asunto es una especie de