Pero una semana después los dos casi vuelcan la Hattie S. en un intento desesperado por apuñalar a un tiburón con una vieja bayoneta atada a un palo.
La sombría bestia se frotaba contra el costado de la dory pidiendo peces pequeños, y entre los tres fue un milagro que salieran vivos.
Por fin, después de jugar a la gallina ciega en la niebla, llegó una mañana en que Disko gritó hacia el sollado: —¡Apuraos, muchachos! ¡Ya estamos en el pueblo!