un par de ojos grises y chispeantes. Vestía un suéter azul y botas altas de caucho. Varios pares de calzado del mismo tipo, una gorra vieja y unos calcetines de lana gastados yacían en el suelo, y unos impermeables negros y amarillos se balanceaban de un lado a otro junto a las literas. El lugar estaba tan atiborrado de olores como un fardo de algodón. Los impermeables tenían un tufo peculiar y espeso que servía de fondo a los olores a pescado frito, grasa quemada, pintura, pimienta y tabaco rancio; pero todos ellos, a su vez, estaban abarcados por un único olor envolvente a barco y a agua salada. Harvey vio con repugnancia que no había sábanas en su litera. Estaba acostado sobre un trozo de jerga sucia y llena de bultos y nudos. Además, el movimiento del barco no era el de un vapor. No se deslizaba ni se balanceaba, sino que se retorcía de un modo tonto y sin rumbo, como un potro al final del ronzal. Los ruidos del agua corrían cerca de su oído, y las vigas crujían y gemían a su alrededor. Todas estas cosas le hicieron soltar un gemido desesperado y pensar en su madre.
—¿Te sientes mejor? —dijo el muchacho, con una sonrisa—. ¿Quieres café?
Trajo una taza de lata llena y la endulzó con melaza.
—¿No hay leche? —dijo Harvey, mirando a su alrededor las dos oscuras hileras de literas como si esperara encontrar allí una vaca.
—Pues no —dijo el muchacho—. Y es probable que no lo haya hasta mediados de septiembre. No está mal el café. Lo hice yo.