Tom Platt hablaba de su interminable viaje alrededor del cabo de Hornos en el viejo Ohio en los tiempos de los castigos corporales, con una armada más extinta que el dodo—la armada que desapareció en la gran guerra. Les contaba cómo se introducen balas al rojo vivo en un cañón, con un taco de arcilla húmeda entre ellas y el cartucho; cómo chisporrotean y apestan cuando golpean la madera, y cómo los grumetes de la Miss Jim Buck les echaban agua encima y le gritaban al fuerte que probara de nuevo. Y relataba historias de bloqueo—largas semanas de balancearse anclados, interrumpidas solo por la partida y el regreso de los vapores que habían agotado su carbón (no había oportunidad para los veleros); de temporales y frío que mantenían a dos hombres, día y noche, golpeando y picando el hielo en los cables, motones y aparejos, cuando la cocina de abordo estaba tan al rojo vivo como la bala del fuerte, y los hombres bebían cacao a cubos. Tom Platt no quería saber nada del vapor. Su servicio terminó cuando aquello era relativamente nuevo. Admitía que
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