recursos. Él le hizo seña de que se pasara al Morse como un general que despliega brigadas en combate. Luego se pasó la mano por los cabellos a modo de músico, contempló el techo y se puso a trabajar, mientras los blancos dedos de la señorita Kinzey convocaban al Continente americano.
“K. H. Wade, Los Angeles— ¿El ‘Constance’ está en Los Angeles, verdad, señorita Kinzey?”
—Sí. —La señorita Kinzey asintió entre chasquidos mientras el secretario se miraba el reloj.
“¿Lista? Envía a Constance, en coche privado, aquí, y haz los arreglos para que un tren especial salga de aquí el domingo a tiempo para conectar con el Expreso de Nueva York en la calle Dieciséis, Chicago, el martes próximo”.
¡Clic, clic, clic!
«¿No podrías mejorar eso?»
“Con esas pendientes, no. Eso les da sesenta