voladoras; el «caraaah» del cuchillo del tío Salters vaciando espinazos; y el golpe de los cuerpos húmedos y abiertos al caer en la tina.
Al cabo de una hora, Harvey habría dado cualquier cosa por descansar; pues los bacalaos frescos y mojados pesan más de lo que uno cree, y le dolía la espalda con el cabeceo constante. Pero sintió por primera vez en su vida que formaba parte de una cuadrilla de hombres trabajadores, se enorgulleció de ello y resistió con terquedad.
“¡Cuchillo va!”, gritó por fin el tío Salters. Penn se dobló, jadeando entre los pescados, Manuel se inclinó hacia adelante y hacia atrás para entumecer los músculos, y Long Jack se asomó por la borda. El cocinero apareció, silencioso como una sombra negra, recogió una masa de espinazos y cabezas, y se retiró.
—Morcillas para el desayuno y sopa de cabeza —dijo Long Jack, chasqueando los labios.
«¡Cuchillo va!», repitió el tío Salters, agitando el arma plana y curva del desollador.
—Mira junto a tu pie, Harve —gritó Dan desde abajo.
Harvey vio media docena de cuchillos clavados en una cornamusa de la brazola de la escotilla. Los repartió, quedándose con los más afilados.
—¡Agua! —dijo Disko Troop.
—El barril de agua está a proa y el cucharón al lado. Date prisa, Harve —dijo Dan.
Regresó en un minuto con un cucharón grande de agua estancada y marrón que sabía a néctar, y soltó las mandíbulas de Disko y Tom Platt.
—Son bacalao —dijo Disko—. No son higos de Damasco, Tom