goleta, se deslizó sobre la cumbre y fue tragada por la penumbra húmeda.
—Agárrate de aquí y no dejes de tocar con paso firme —dijo Dan, pasándole a Harvey el cabo de la esquila que colgaba justo detrás del molinete.
Harvey tocó la campana con energía, pues sentía que dos vidas dependían de él. Pero Disko en el camarote, garabateando en el cuaderno de bitácora, no parecía un asesino, y cuando fue a cenar incluso sonrió con sequedad al preocupado Harvey.
—Esto no es tiempo —dijo Dan—. ¡Vaya, tú y yo podríamos echar ese palangre! Solo han salido lo bastante lejos para no enredarse en nuestro cable. La verdad es que no necesitan ninguna campana.
“¡Clang! ¡clang! ¡clang!” Harvey siguió con lo mismo, variado con algún que otro taca-taca, durante otra media hora.
Hubo un bramido y un golpe sordo al costado. Manuel y Dan corrieron hacia los ganchos del aparejo del dory; Long Jack y Tom Platt llegaron a cubierta juntos, según parecía, con la mitad del Atlántico Norte a sus espaldas, y el dory los siguió por el aire, aterrizando con estrépito.
–Ni un gruñido –dijo Tom Platt mientras chorreaba agua–. Danny, al final vas a servir.
“El placer de su comp’ñía en el banquete”, dijo Long Jack, exprimiéndose el agua de las botas mientras brincaba como un elefante y le metía un brazo encerado en la cara a Harvey. “Nos dignamos honrar la segunda mitad con nuestra presencia”. Y allá se fueron los cuatro tambaleándose a cenar, donde Harvey se puso hasta arriba de sopa de pescado y empanadas fritas, y se quedó profundamente dormido