número musical, armado para los veraneantes. A Disko no le importa mucho, según dice, porque juntan colectas para las viudas y los huérfanos. Disko es independiente. ¿No se ha fijado?”
—Bueno... sí. Un poco. Por partes. ¿Es una función del pueblo, entonces?
“La convención de verano es. Leen los nombres de los muchachos ahogados o extraviados desde la última vez, y pronuncian discursos, recitan y todo eso.
Luego, dice Disko, los secretarios de las Sociedades de Socorro van al patio trasero y se pelean por la pesca.
El verdadero espectáculo, dice, es en la primavera. Todos los ministros participan entonces, y no hay veraneantes por los alrededores”.
—Ya veo —dijo Cheyne, con la brillante y perfecta comprensión de alguien nacido y criado en el orgullo de la ciudad—. Nos quedaremos hasta el Día de los Caídos y partiremos por la tarde.
—Supongo que iré al local de Disko y haré que traiga a su gente antes de que zarpen. Tendré que quedarme con ellos, por supuesto.
—Ah, conque esas tenemos —dijo Cheyne—. Yo no soy más que un pobre veraneante de pensión, y usted—
—Un banquero —un banquero de pura cepa—, gritó Harvey mientras subía a un tranvía, y Cheyne continuó con sus dichosos sueños para el futuro.
Disko no quería saber nada de actos públicos en los que se apelara a la caridad, pero Harvey le suplicó que la gloria del día se perdería, en lo que a él respectaba, si los del We’re Here no asistían. Entonces Disko puso condiciones. Había oído —resultaba asombroso cómo todo el mundo conocía los asuntos de todo el mundo a lo largo