oscura, los gritos de «¡Calamares al agua!» de Salters los despertaron de sus literas, y durante hora y media todos los a bordo se inclinaron sobre sus poteras—un trozo de plomo pintado de rojo y provisto en su extremo inferior de un círculo de alfileres doblados hacia atrás como varillas de paraguas semiapiertas. El calamar—por alguna razón desconocida—se siente atraído por este artefacto, se enrosca en él y es izado antes de que pueda escapar de los alfileres. Pero al abandonar su hogar, rocía primero agua y luego tinta en la cara de su captor; y era curioso ver a los hombres mover la cabeza de lado a lado para esquivar el disparo. Terminado el revuelo, estaban negros como carboneros, pero una pila de calamares frescos yacía en cubierta, y al gran bacalao le parece excelente un trocito brillante de tentáculo de calamar en la punta de un anzuelo cebado con almeja. Al día siguiente pescaron muchos peces y se cruzaron con el Carrie Pitman, al que gritaron su buena suerte; este quiso comerciar—siete bacalaos por un calamar de buen tamaño—, pero Disko no aceptó el precio, y el Carrie cayó malhumorado a sotavento y fondeó a media milla de distancia, con la esperanza de pescar algunos por su cuenta.
Disco no dijo nada hasta después de cenar, cuando mandó a Dan y a Manuel a colocar una boya en el cable del We’re Here y anunció su intención de irse a dormir con el hacha ancha. Dan repitió naturalmente estos comentarios a la dory del Carrie, que quería saber por qué ponían boya en su cable, ya que no estaban en fondo rocoso.
—¡Papá dice que no confiaría un transbordador a menos de cinco millas de ti! —aulló Dan alegremente.
—¿Pues por qué no sale, entonces? ¿Quién se lo impide? —dijo el otro.