de madera que llamaba «sacanzuelos». Luego Harvey sintió un tirón y tiró con celo hacia arriba.
—¡Vaya, si son fresas! —gritó—. ¡Mira!
El anzuelo se había enredado entre un racimo de fresas, rojas por un lado y blancas por el otro—reproducciones perfectas de las frutas terrestres, excepto que no tenían hojas, y el tallo era todo hueco y baboso.
“No los enseñes. Despáchalos. No—”
La advertencia llegó demasiado tarde. Harvey los había cogido del anzuelo y los estaba admirando.
—¡Ay! —exclamó, pues le palpitaban los dedos como si hubiera agarrado muchas ortigas.
“Ahora ya sabéis lo que significa culo de fresa. Na de na, a más de los pescados no hay que tocarlos con los dedos pelaos, dice papá. Dales un golpecito contra la borda y a encarnar de nuevo, Harve. Mirar no sirve de