“Diecisiete, supongo. Murió el año en que se construyó el Caspar McVeagh; pero nunca pudo mantener las cosas sep’radas. Steyning lo aceptó por la razón que el ladrón aceptó la estufa caliente—porq’ no había ninguna otra esa temporada.
Los hombres estaban todos en los Bancos, y Counahan juntó a la fuerza una tripulación condenadamente dura. ¡Ron! Habríais podido flotar el Marilla, seguro e inclusive todo, en lo que se metieron al cuerpo. Salieron del puerto de Boston hacia el gran Banco de Terranova con un rugiente noroeste a sus espaldas y todos hasta el tope.
Y los cielos velaron por ellos, pues ni una guardia montaron, ni una mano pusieron sobre un cabo, hasta que hubieron visto el fondo de un barril de aguardiente de quince galones. Eso fue más o menos una semana, hasta donde Counahan se acordaba. (¡Si pudiera tan solo contar el cuento como él lo contó!)
Todo ese tiempo soplaba el viento como la gloria bendita, y la Marilla —era verano y le habían puesto un mastelero de juanete de proa— agarró su tranco y lo mantuvo.
Luego Counahan cogió el yugo para cerdos y tembló sobre él un buen rato, y se las arregló, entre eso, la carta de navegación y el zumbido en su cabeza, para deducir que estaban al sur de la isla de Sable, avanzando gloriosamente, pero sin hablar con nadie.
Entonces abrieron otro barril y dejaron de especular sobre cualquier otra cosa por un buen rato.
La Marilla se echó cuando dejó atrás Boston Light, y nunca levantó la borda de sotavento hasta aquel momento—a toda marcha sobre una sola y misma escora. Pero no vieron algas, ni gaviotas, ni goletas; y al poco rato advirtieron que llevaban fuera unas catorce días y sospecharon que el Banco había suspendido pagos. Así que sondaron, y obtuvieron sesenta