para sondear continuamente con cualquier clase de mar, para los tiempos tranquilos, con un plomo de siete libras en aguas poco profundas, Disko lo utilizaba sin reparos. Como decía Dan:
—Lo que Papá quiere no son sondeos. Son muestras. Úntala bien de sebo, Harve.
Harvey engrasaba con sebo la cavidad del extremo y traía con cuidado la arena, la concha, el lodo o lo que fuera ante Disko, quien lo palpaba y olía antes de emitir su veredicto.
Como se ha dicho, cuando Disko pensaba en el bacalao, pensaba como un bacalao; y mediante una mezcla largamente probada de instinto y experiencia, movía el We’re Here de fondeadero en fondeadero, siempre junto a los peces, tal como un jugador de ajedrez con los ojos vendados se desplaza por el tablero invisible.
Pero el banco de Disko era el Gran Banco—un triángulo de doscientas cincuenta millas por lado—, un páramo de mar encrespado, envuelto en una niebla húmeda, fustigado por los vendavales, acosado por hielos a la deriva, surcado por las estelas de los transatlánticos imprudentes y salpicado por las velas de la flota pesquera.
Durante días trabajaron en la niebla —Harvey en la campana—, hasta que, familiarizado con los aires densos, salió con Tom Platt, con el corazón en un puño. Pero la niebla no se levantaba, y los peces picaban, y nadie puede seguir sintiendo un miedo inútil durante seis horas seguidas. Harvey se entregó a sus Sedales y al bichero o palo de desanzuelar, como los llamaba Tom Platt; y regresaron remando a la goleta guiados por la campana y por el instinto de Tom; con el caracol de Manuel sonando tenue y débil a su lado. Pero era una experiencia sobrenatural y, por primera vez en un mes, Harvey soñó con las superficies de agua