con codo, y algunos ferrocarriles fomentan esa ilusión. El Limited condujo raudo al Constance hasta Búfalo y lo puso en brazos del New York Central y Hudson River (ilustres magnates de patillas blancas y amuletos de oro en las cadenas del reloj subieron a bordo allí para hablar de unos negocios con Cheyne), el cual lo deslizó con gracia hasta Albany, donde el Boston and Albany completó el recorrido de marea a marea; tiempo total, ochenta y siete horas y treinta y cinco minutos, o tres días, quince horas y media. Harvey los estaba esperando.
Tras una emoción violenta, la mayoría de las personas y todos los muchachos exigen comida.
Banquetearon al hijo pródigo retornado tras cortinas corridas, aislados en su gran felicidad, mientras los trenes rugían al entrar y salir a su alrededor.
Harvey comió, bebió y amplió sus aventuras todo en un mismo aliento, y cuando tenía una mano libre su madre se la acariciaba. Su voz se había vuelto ronca por vivir al aire libre y salobre; sus palmas eran ásperas y duras, sus muñecas estaban salpicadas de marcas de llagas de grasa de pescado; y un fino y penetrante olor a bacalao flotaba en torno a sus botas de goma y su jersey azul.
El padre, muy acostumbrado a juzgar a los hombres, lo miró fijamente. No sabía qué daño duradero podía haber sufrido el muchacho. De hecho, se descubrió pensando que sabía muy poco o nada de su hijo; pero recordaba claramente a un joven insatisfecho y de cara pastosa que se deleitaba en «darle su merecido al viejo» y hacer llorar a