señora Cheyne, y ascendieron fatigosamente las larguísimas pendientes, pasando por Ash Fork, hacia Flagstaff, donde están los bosques y las canteras, bajo los cielos secos y lejanos. La aguja del indicador de velocidad oscilaba y se agitaba de un lado a otro; las cenizas traqueteaban en el techo, y un torbellino de polvo era succionado tras las ruedas giratorias. La tripulación del vagón mixto se sentó en sus literas, jadeando en mangas de camisa, y Cheyne se encontró entre ellos gritando viejas, viejísimas historias del ferrocarril que todo ferroviario conoce, por encima del rugido del coche. Les habló de su hijo, y de cómo el mar había devuelto a sus muertos, y ellos asentían, escupían y se alegraban con él; preguntaban por «ella, la de allá atrás», y si podría soportarlo si el maquinista «la soltaba un poco», y Cheyne pensó que sí. En consecuencia, el gran corcel de fuego fue «soltado» desde Flagstaff hasta Winslow, hasta que un superintendente de división protestó.
Pero la señora Cheyne, en el camarote del tocador, donde la doncella francesa, de un blanco cetrino por el miedo, se aferraba al picaporte de plata, solo gemía un poco y le suplicaba a su marido que les ordenara «darse prisa».
Y así dejaron atrás las arenas secas y las rocas lunáticas de Arizona, y siguieron achicharrándose hasta que el estrépito de los acoples y el sido de la manguera de los frenos les anunciaron que estaban en Coolidge, junto a la Divisoria Continental.
Tres hombres audaces y experimentados —serenos, seguros y secos cuando empezaron; blancos, temblorosos y empapados cuando terminaron su turno en aquellos