Naturalmente, un hombre de la reputación de Disko era vigilado de cerca —«asediado», lo llamaba Dan— por sus vecinos, pero se le daba muy bien escapar de ellos a través de los bancos de niebla espesa y deslizante. Disko evitaba la compañía por dos razones. En primer lugar, deseaba hacer sus propios experimentos; y en segundo, se oponía a las reuniones mixtas de una flota de todas las naciones. La mayor parte de ellos eran barcos de Gloucester, con algunos dispersos de Provincetown, Harwich, Chatham y ciertos puertos de Maine, pero las tripulaciones procedían vete a saber dónde. El riesgo engendra imprudencia, y cuando se le suma la avaricia hay magníficas oportunidades para toda clase de accidentes en la flota apiñada que, como un rebaño de ovejas, se amontona en torno a algún líder desconocido. «Que los dos Jerauld los guíen —decía Disko—. Estamos obligados a fondear entre ellos un tiempo en los Bajos del Este; aunque, si la suerte nos acompaña, no tendremos que quedarnos mucho. El lugar donde estamos ahora, Harve, no se considera para nada un buen terreno».
—¿A que sí? —dijo Harvey, que estaba sacando agua (ya había aprendido justo a mover el balde), tras una bronca inusualmente larga—. No me importaría dar con algún caladero pobre un rato, para variar.
—Todo el terreno que quiero ver —no quiero toparme con ella— es Eastern Point —dijo Dan—. Oye, papá, parece que no tendremos que pasar más de dos semanas en los Shoals. Entonces conocerás a toda la compañía que quieras, Harve. Es cuando empezamos a trabajar. Ya no habrá comidas regulares para nadie. «Un tentempié cuando tengas hambre y a dormir cuando no puedas mantenerte despierto». Menos mal que no te rescataron un mes más tarde de lo que fue, o nunca te habríamos tenido vestido a la medida para la Vieja Virgen.
Harvey comprendió por la carta de Eldridge que la Old Virgin y un nido de bajos de curiosos nombres eran el punto de retorno del crucero, y que, con buena suerte, allí echarían el resto de la sal. Pero al ver el tamaño de la