CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Captains CourageousPublic
EspañolEnglish
Página 186 de 259
Table of Contents

IX

Cualesquiera que sean sus pesares íntimos, un multimillonario, como cualquier otro trabajador, debe estar al día en sus negocios. Harvey Cheyne, padre, había viajado al Este a fines de junio para encontrarse con una mujer destrozada, medio loca, que soñaba día y noche con su hijo ahogándose en los mares grises. La había rodeado de médicos, enfermeras tituladas, masajistas e incluso compañeras de fe curativa, pero eran inútiles. La señora Cheyne yacía inmóvil y gemía, o hablaba de su muchacho horas seguidas con cualquiera que quisiera escucharla. Esperanza no tenía ninguna, ¿y quién podía ofrecerla? Todo lo que necesitaba era la seguridad de que ahogarse no dolía; y su esposo vigilaba para evitar que hiciera el experimento. De su propio pesar hablaba poco⁠—apenas comprendía la profundidad de este hasta que se sorprendía a sí mismo preguntándole al calendario de su escritorio: «¿De qué sirve seguir adelante?».

Siempre había abrigado la grata idea en el fondo de su cabeza de que algún día, cuando lo hubiera rematado todo y el muchacho hubiera terminado la universidad, atraería a su hijo al pecho y lo introduciría en sus posesiones. Entonces ese muchacho, argüía, como suelen hacer los padres atareados, se convertiría al instante en su compañero, socio y aliado, y vendrían luego años espléndidos de grandes obras realizadas en común —la cabeza experimentada respaldando el fuego juvenil—. Ahora su muchacho había muerto —perdido en el mar, como si hubiera sido un marinero sueco de uno de los grandes barcos de té de Cheyne—; la esposa agonizando, o peor; él mismo pisoteado por pelotones de mujeres, médicos, criadas y asistentes; acosado casi más

186