y furiosa mientras duraba; y una gran pila quedó a bordo cuando los peces dejaron de picar.
—¿Dónde están Penn y el tío Salters? —preguntó Harvey, quitándose de un manotazo la baba de los impermeables y recogiendo el sedal imitando cuidadosamente a los demás.
—Vaya por café y ya veremos.
Bajo el resplandor amarillo de la lámpara en el poste del trinquete, con la mesa del castillo de proa bajada y abierta, ajenos por completo a los peces o al tiempo, estaban sentados los dos hombres con un tablero de damas entre ellos, mientras el tío Salters le gruñía a cada movimiento de Penn.
—¿Qué pasa ahora? —dijo el primero, mientras Harvey, con una mano en la presilla de cuero en lo alto de la escala, se quedó colgando y gritándole al cocinero.
–Pez grande y