de la dáspora—, había oído que una «actriz filadelfiana» iba a tomar parte en los ejercicios; y temía que fuera a recitar «El paseo del patrón Ireson». En lo personal, tenía tan poca simpatía por las actrices como por los veraneantes; pero la justicia era la justicia, y aunque él mismo (aquí Dan soltó una risita) se había equivocado una vez en un asunto de criterio, aquello no debía suceder. Así que Harvey volvió a East Gloucester y pasó medio día explicándole a una divertida actriz con fama real en ambas costas el trasfondo del error que contemplaba; y ella admitió que era de justicia, tal como Disko había dicho.
Cheyne sabía por experiencia propia lo que iba a suceder; pero cualquier cosa que tuviera la naturaleza de parloteo público era pan y natilla para el alma de aquel hombre. Vio los trolebuses apresurarse hacia el oeste, en la calurosa y brumosa mañana, repletos de mujeres con ligeros vestidos de verano y hombres de rostros pálidos y sombreros de paja recién llegados de las oficinas de Boston; el montón de bicicletas frente a la oficina de correos; el ir y venir de funcionarios atareados que se saludaban; el lento ondear y restallar de las banderolas en el aire pesado; y al hombre importante con una manguera lavando a chorros la acera de ladrillo.
“Madre —dijo de pronto—, ¿no te acuerdas?, después de que Seattle quedó reducida a cenizas, ¿y volvieron a ponerla en marcha?”.
Mrs. Cheyne asintió y contempló con ojo crítico la calle torcida. Como su marido, entendía de estas concentraciones por todo Occidente y las comparaba unas con