—No sé yo si será eso así —dijo Disko, que vio el modo de salir honrosamente de un ataque de orgullo.
—Pues claro que sí —dijo Salters—, siendo usted el capitán aquí; y yo me hubiera detenido con gusto a la primera seña, no por ningún pálpito o convicción, sino por darles buen ejemplo a estos dos malditos muchachos nuestros.
—¿No te lo dije, Harve, que volvería a tocarnos antes de terminar? Siempre esos malditos muchachos. Pero no me habría perdido el espectáculo ni por media parte en un barco bacaladero —susurró Dan.
—Aun así, las cosas debían hab’se mantenido sepa’adas —dijo Disko, y la luz de un nuevo argumento se encendió en los ojos de Salters mientras desmenuzaba tabaco prensado en su pipa.
“Hay una fuerza de vartud en manten’r las cosas sepáradas —dijo Long Jack, empeñado en calmar la tempestad—. Eso fue lo que Steyning, de Steyning y Hare, encon’ó cuando mandó a Counahan de patrón en el Marilla D. Kuhn, en lugar del cap. Newton que le dio reumatismo inflamat’rio y no pudo ir. Counahan el Navegante lo llamábamos”.
—Nick Counahan jamás subía a bordo ni una sola noche sin un charco de ron en alguna parte del manifiesto —dijo Tom Platt, siguiéndole el juego—. Se pasaba el día holgazaneando por los mercados de abastos de Boston esperando que Dios lo hiciera capitán de un remolcador por sus propios méritos. Sam Coy, allá por Atlantic Avenoo, le daba pensión gratis por un año o más a cambio de sus historias.
—¡Counahan el Navegador! ¡Tictac! ¡Tictac! Hace quince años que estiró la pata, ¿no?