Poco a poco fue cambiando de tono al hablar de su «amigo», a quien Long Jack había bautizado como «el Niño Chiflado», «el Nene de Oro», el «Lactante Vanderpoop» y otros apelativos cariñosos; y con los pies calzados con botas de mar reposando sobre la mesa, llegaba incluso a inventar historias sobre pijamas de seda y corbatas de importación exclusiva, para descredito del «amigo».
Harvey era una persona muy adaptable, con un ojo y un oído muy agudos para cada rostro y cada tono a su alrededor.
Antes de mucho tiempo supo dónde guardaba Disko el viejo cuadrante de herrumbre verdosa al que llamaban el «yugo de cerdo», debajo del saco del colchón en su litera.
Cuando tomaba la altura del sol y, con la ayuda del almanaque de «The Old Farmer», hallaba la latitud, Harvey saltaba a la cabina y grababa el cálculo y la fecha con un clavo sobre la herrumbre del tubo de la estufa.
Ahora bien, el jefe de máquinas del trasatlántico no lo habría hecho mejor, y ningún maquinista con treinta años de servicio habría adoptado ni la mitad de ese empaque de viejo lobo de mar con el que Harvey, tras cuidar primero de escupir por la borda, anunciaba públicamente la posición de la goleta para aquel día, y solo entonces, y ni un momento antes, le devolvía el cuadrante a Disko.
Hay un protocolo en todas estas cosas.
El susodicho «yugo de cerdo», una carta de Eldridge, el almanaque de agricultura, el Coast Pilot de Blunt y el Navigator de Bowditch eran todas las armas que Disko necesitaba para guiarse, a excepción de la sonda de mar profundo, que era su ojo de repuesto. Harvey casi mata a Penn con ella cuando Tom Platt le enseñó por primera vez a «volar la paloma azul»; y, aunque sus fuerzas no bastaban