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nydus/Captains CourageousPublic
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Pero las cosas sucedieron de otro modo con el silencioso cocinero del We’re Here, pues se acercó, con su hatillo en un pañuelo, y subió a bordo del Constance.

El sueldo no era motivo de interés particular, y le importaba un bledo dónde dormir. Su misión, tal como se le había revelado en sueños, era seguir a Harvey por el resto de sus días.

Intentaron razonar con él y, al fin, convencerlo; pero hay una diferencia entre un negro de Cabo Bretón y dos de Alabama, y el asunto fue consultado con Cheyne por el cocinero y el mozo.

El millonario se limitó a reír. Presumió que Harvey podría necesitar un criado personal algún día u otro, y estaba seguro de que un voluntario valía más que cinco mercenarios. Que el hombre se quedara, por lo tanto; aun cuando se llamara MacDonald y maldijera en gaélico. El vagón podía regresar a Boston, donde, si todavía persistía en su empeño, lo llevarían hacia el Oeste.

Con el «Constance», al que en lo más hondo de su corazón aborrecía, se marchó el último vestigio de la condición de millonario de Cheyne, y él se entregó a un ocio enérgico. Este Gloucester era una ciudad nueva en una tierra nueva, y se propuso «empaparse de ella», tal como antaño se había empapado de todas las ciudades, desde Snohomish hasta San Diego, de aquel mundo de donde procedía.

Ganaban dinero a lo largo de la calle torcida que era medio muelle y medio tienda de efectos navales: como profesional distinguido, él deseaba saber cómo se jugaba a aquel noble juego. La gente decía

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