—Eso lo veremos bronto —dijo el alemán—. ¿Dónde estamos ahora, señor Mactonal?
“Más o menos por ahí, señor Schaefer”, dijo el maquinista. “Esta noche estaremos en el Gran Banco; pero, en términos generales, ya estamos en medio de la flota pesquera. Desde el mediodía hemos rozado tres dories y poco nos faltó para arrancarle el botalón a un francés, y eso es navegar muy cerca, ya se puede decir”.
—¿Te gusta mi puro, eh? —preguntó el alemán, pues Harvey tenía los ojos llenos de lágrimas.
“Buen sabor, bien cargado”, contestó con los dientes apretados.
“Supongo que hemos bajado un poco el ritmo, ¿verdad? Saldré un momento a ver qué dice la corredera”.
“Yo lo haría si fuera usted”, dijo el alemán.
Harvey avanzó tambaleándose por las cubiertas mojadas hacia la borda más cercana. Estaba muy desgraciado; pero vio al camarero de cubierta atando las sillas y, como se había jactado ante el hombre de que nunca se mareaba, su orgullo le hizo ir hacia la popa, a la cubierta de la segunda clase, que terminaba en caparazón de tortuga.
La cubierta estaba desierta, y él se arrastró hasta el extremo mismo de ella, cerca del asta de la bandera. Allí se dobló en lacia agonía, pues el «stogie» de Wheeling se unía al vaivén y la sacudida de la hélice para filtrarle el alma. La cabeza se le hinchaba; chispas de fuego bailaban ante sus ojos; su cuerpo parecía perder peso, mientras los talones le temblaban en la brisa.
Se desmayaba de mareo, y un bandazo del barco lo inclinó por encima de la borda hacia el labio liso del caparazón de tortuga. Entonces una ola madre, baja y gris, surgió de la niebla, metió a Harvey bajo el brazo, por decirlo así, y se lo llevó arrastras hacia sotavento; el gran verde se cerró sobre él, y se durmió tranquilamente.