el camarote. No está en orden, pero puedes echar un vistazo con toda confianza. Esos son sus números en el tubo de la estufa, donde solemos llevar las cuentas.
“¿Durmió aquí?”, preguntó la señora Cheyne, sentada en un cofre amarillo e inspeccionando las literas desordenadas.
—No. Atracó a proa, señora, y aparte de que él y mi muchacho se quedaron tragando empanaditas fritas y empinando el codo cuando tendrían que haber estado durmiendo, no sé si tengo que reprocharle nada en especial.
“No le pasaba ná’ malo a Harve”, dijo el tío Salters, bajando los escalones.
“Me colgó las botas en el percha del trinquete, y no es muy respetuoso que digamos con los que saben más que él, en especial sobre agricultura; pero la mayoría de las veces lo mal guiaba Dan”.
Dan,