Pero Tom Platt agitaba los brazos y se manejaba a la perfección. El capitán le dio a beber una ginebra indescriptible, y la tripulación de ópera bufa, con sus gargantas velludas, gorros rojos y largos cuchillos, lo recibió como a un hermano. Luego empezó el trueque. Tenían tabaco, en abundancia: americano, que nunca había pagado impuestos a Francia. Querían chocolate y galletas. Harvey remó de regreso para arreglarlo con el cocinero y con Disko, dueño de las provisiones, y a su regreso las latas de cacao y las bolsas de galletas fueron contadas junto a la rueda del timón del francés. Parecía un reparto pirata de botín; pero Tom Platt salió de aquello ceñido por trenzas de tabaco negro y rebosante de pastillas de tabaco para mascar y fumar. Entonces aquellos marineros joviales se adentraron en la bruma, y lo último que escuchó Harvey fue un estribillo alegre:
“Par derrière chez ma tante, Il’y a un bois joli, Et le rossignol y chante Et le jour et la nuit …
Que donneriez vous, belle, Qui l’amènerait ici? Je donnerai Québec, Sorel et Saint Denis.”
—¿Cómo es que mi francés no sirvió de nada, y tus señas sí? —exigió saber Harvey una vez que se hubo distribuido el trueque entre los tripulantes del We’re Here.
«¡Lengua de signos!», se rio Platt a carcajadas. «Bueno, sí, era lengua de signos, pero mucho más vieja que tu francés, Harve. Esos barcos franceses están repletos de masones, y por eso es».
—¿Es usted francmasón, entonces?
—Eso parece, ¿verdad? —dijo el marinero de guerra, mientras llenaba su pipa; y Harvey se quedó con otro misterio de las profundidades marinas en el que meditar.