el tío Salters contando la pesca. Esto le gana al circo por mucho —dijo Dan—. ¡Míralos nada más!
—¡Entrad, entrad! —bramó Long Jack—. Está mojado ahí fuera, muchachos.
—Cuarenta y dos, dijiste. Era el tío Salters.
—Volveré a contar, entonces —respondió la voz humildemente. Las dos chalupas se balancearon juntas y chocaron contra el costado de la goleta.
—¡Paciencia bendita! —espetó el tío Salters, frenando el bote con un golpe de agua—. Lo que se le perdió a un agricultor como usted en una barca no me entra en la cabeza. Poco le faltó para hacerme añicos.
“Lo siento, señor Salters. Me embarqué por causa de una dispepsia nerviosa. Creo que fue usted quien me lo aconsejó”.
—¡Que te ahogues tú y tu dispepsia nerviosa en el Pozo