que cuatro de cada cinco croquetas de pescado servidas en el desayuno dominical de Nueva Inglaterra procedían de Gloucester, y lo abrumaban con cifras que lo demostraban: estadísticas de barcos, aparejos, fachada de muelles, capital invertido, salazón, empaquetado, fábricas, seguros, salarios, reparaciones y beneficios. Conversó con los armadores de las grandes flotas cuyos patrones no eran mucho más que empleados a sueldo, y cuyas tripulaciones eran casi todas de suecos o portugueses. Luego conferenció con Disko, uno de los pocos que poseían sus propias embarcaciones, y comparó datos en su vasta cabeza.
Se acurrucó entre cables de hierro en tiendas de efectos navales, haciendo preguntas con la alegre e insaciable curiosidad del Oeste, hasta que todo el muelle quiso saber «qué demonios andaba buscando aquel hombre, en fin».
Merodeó por las salas de Seguros Mutuos y exigió explicaciones sobre los misteriosos comentarios apuntados con tiza en la pizarra día tras día; y eso atrajo hacia él a los secretarios de todas las sociedades de ayuda a las viudas y huérfanos de pescadores de los límites de la ciudad.
Mendigaban sin vergüenza, ansioso cada cual por superar el récord de la otra institución, y Cheyne se tiraba de la barba y se los remitía a todos a la señora Cheyne.
Descansaba en una pensión cerca de Eastern Point—un establecimiento extraño, dirigido, al parecer, por los propios huéspedes, donde los manteles eran de cuadros rojos y blancos y la población, que parecía conocerse íntimamente desde hacía años, se levantaba a medianoche para preparar Welsh rarebits si le daba hambre. A la segunda mañana de su estancia, la señora Cheyne se guardó sus