dinero. Acosado a preguntas, dijo que aceptaría cinco dólares, porque quería comprarle algo a una muchacha. De otro modo:—¿Cómo voy a tomar dinero si consigo tan fácilmente lo que como y lo que fumo? ¿Me dará algo si quiero o no? ¿Eh, qué-é? Entonces me dará dinero, pero no de esa manera. Me dará todo lo que se le ocurra—. La presentó ante un sacerdote portugués con fama de estornudador, que tenía una lista de viudas semidestituidas tan larga como su sotana. Como estricta unitaria, la señora Cheyne no podía simpatizar con el credo, pero terminó respetando al hombrecito moreno y locuaz.
Manuel, hijo fiel de la Iglesia, se apropió de todas las bendiciones derramadas sobre ella por su caridad.
«Eso me libra a mí», dijo. «Ahora tengo aboliciones muy buenas por seis meses»; y salió a pasear para conseguir un pañuelo para la chica del momento y romperles el corazón a todas las demás.
Salters se fue al Oeste por una temporada con Penn, y no dejó ninguna dirección. Tenía el temor de que aquella gente millonaria, con sus derrochadores vagones privados, pudiera interesarse demasiado en su compañero. Era mejor visitar a unos parientes en el interior hasta que la costa estuviera despejada.
«Jamás te dejes adoptar por gente rica, Penn», dijo en los vagones, «o te romperé este tablero de damas en la cabeza. Si vuelves a olvidar tu nombre —que es Pratt—, recuerda que perteneces a Salters Troop, y siéntate ahí mismo donde estés hasta que vaya por ti. No andes por ahí detrás de aquellos cuyos ojos se salen de gordura, según las Escrituras».