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nydus/Captains CourageousPublic
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VIII

Disko los mantenía ocupados trasteando con las velas; y, cuando estas quedaban tan tensas como las de un yate de carreras, Dan tenía que encargarse de la gavia grande, que se izaba a mano cada vez que la goleta viraba.

En los ratos libres achicaban agua, pues el pescado prensado solía gotear salmuera, lo cual no le sienta bien a la carga. Pero, como no había pesca, Harvey tuvo tiempo de mirar el mar desde otro punto de vista.

La goleta de borda baja estaba, como era natural, en los términos más íntimos con su entorno. Poco veían del horizonte, salvo cuando coronaba una cresta; y por lo general iba abriéndose paso a empujones, nerviosa y constante, entre hondonadas grises, azul grisáceo o negras, cruzadas de lado a lado por vetas de espuma temblorosa; o rozándose con afecto contra el flanco de alguna colina de agua mayor.

Era como si dijera: «No me harías daño, ¿verdad? Si solo soy la pequeña We’re Here

Luego se deslizaba riéndose entre dientes para sus adentros hasta que tropezaba con algún nuevo obstáculo.

El más aburrido de los hombres no puede ver este tipo de cosas hora tras hora durante largos días sin advertirlo; y Harvey, que era todo menos aburrido, empezó a comprender y a disfrutar del seco estribillo de las crestas de las olas al volverse con un sonido de incesante desgarro; la prisa de los vientos trabajando a través de los espacios abiertos y arreando las sombras moradas y azules de las nubes; el espléndido alzamiento del rojo amanecer; el plegado y empaquetado de las brumas matinales, muro tras muro retirado a través de los blancos suelos; el salado fulgor y resplandor del mediodía; el beso de la lluvia cayendo sobre miles de desiertas y planas millas cuadradas; el escalofriante oscurecimiento de todo al final del día; y el millón de arrugas del mar bajo la luz de la luna, cuando el botalón de plumín hincaba solemnemente las bajas estrellas, y Harvey bajaba a buscarle un rosquillo al cocinero.

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