«muckle», listo para cualquier eventualidad. Algo blanco y ovalado titilaba y se agitaba a través del verde. —Me juego el sueldo y la parte a que pasa de las cien libras. ¿Tienes tantísima impaciencia por sacarlo tú solo?
Los nudillos de Harvey estaban en carne viva y sangraban por haberse golpeado contra la borda; su rostro tenía un tono azul violáceo debido a la emoción y el esfuerzo; chorreaba sudor y estaba medio ciego de tanto mirar las ondulaciones iluminadas por el sol que giraban en torno a la línea que se movía con rapidez.
Los muchachos estaban cansados mucho antes de que el fletán, que se adueñó de ellos y de la chalupa durante los siguientes veinte minutos, se rindiera. Pero el gran pez plano fue arponizado y izado a bordo por fin.
“Principiante”, dijo Dan, secándose la frente. “Debe de tener por lo menos cien años”.
Harvey miró a la enorme criatura gris y moteada con un orgullo indescriptible. Había visto fletanes muchas veces sobre placas de mármol en tierra firme, pero jamás se le había ocurrido preguntar cómo llegaban al interior. Ahora lo sabía; y cada centímetro de su cuerpo le dolía de fatiga.
—Si papá anduviera por aquí —dijo Dan, deteniéndose—, leería las señales tan clarito como la imprenta. Los peces son cada vez más chicos, y has sacado un fletán tan pesadote como los que solemos hallar en este viaje. La pesca de ayer — ¿te fijaste?— fue pura chiquillada y ni un solo fletán. Papá sabría leer esas señales al vuelo. Papá dice que todo en los Bancos son señales, y que se pueden