Dan anotó las cifras en la pizarra, y la colgaron en la arboladura principal entre un coro de mercis desde la barca.
—Parece poco vecino dejar que se larguen de este modo —sugirió Salters, mientras se buscaba en los bolsillos.
—¿Has aprendío francés desde el último viaje? —dijo Disko—. No quiero que nos lancen más lastre de piedra por andar llamando a los botes de Miquelon «cochins de pacotilla», tal como hiciste frente a Le Havre.
—Harmon Rush—dijo que esa era la manera de levantarlos—. El buen inglés de Estados Unidos es lo suficientemente bueno para mí. Andamos todos requetescasos de tabaco. Joven, ¿no habla usted francés?
—Oh, sí —dijo Harvey con valentía; y gritó:
“¡Ey! ¡Oigan! ¡Arrêtez vous! Attendez! Nous sommes venant pour tabac. ”
“¡Ah, tabaco, tabaco!”, exclamaron, y volvieron a reír.
—Eso les dio de lleno. De todos modos, echemos un bote pangay al agua —dijo Tom Platt—. No es que yo tenga muchos títulos en francés, pero conozco otra jerga que funciona, creo. Ven, Harve, e interpreta.
El alboroto y la confusión cuando a él y a Harvey los subieron a bordo por el negruzco costado del bergantín fueron indescriptibles. Su camarote estaba completamente empapelado con llamativas estampas a color de la Virgen: la Virgen de Terranova, la llamaban. Harvey descubrió que su francés no tenía curso legal conocido y su conversación se limitaba a asentimientos y sonrisas.