—ningún muchacho mejor, ke lo diga yo—, i lo demás está en nuestra sangre i enjundia; pero desearía ke no fuera tan maldiciadamente flojo en navegación».
“Airheart se ocupará de eso. Se embarcará como grumete por un viaje o dos, y luego podremos encaminarlo a algo mejor. Supongo que usted se hará cargo de él este invierno, y yo lo mandaré a buscar a principios de la primavera. Ya sé que el Pacífico queda muy lejos—”
“¡Pamplinas! Nosotros, las Tropas, vivos y muertos, estamos por toda la tierra y los mares de esta”.
“Pero quiero que entiendas —y te lo digo en serio—, en cualquier momento que pienses que te gustaría verlo, dímelo, y yo me encargaré del transporte. No te costará ni un centavo”.
—Si me acompaña un tramo, iremos a mi casa y hablaremos de esto con mi mujer. He estado tan rematadamente equivocado en todos mis juicios que no me parece que esto pueda ser real.
Fueron, bordeados de capuchinas, hasta la casa blanca de mil ochocientos dólares de Troop, con una panga retirada en medio del jardín delantero y un salón de contraventanas cerradas que era un museo de pillaje de ultramar.
Allí estaba sentada una mujer grande, silenciosa y grave, con los ojos apagados de quienes miran fijamente el mar durante mucho tiempo a la espera del regreso de sus amados.
Cheyne se dirigió a ella, y esta dio su consentimiento con cansancio.
—Perdemos cien al año solo de Gloucester, señor Cheyne —dijo—, cien muchachos y hombres; y he llegado a odiar el mar como si estuviera vivo y escuchando. Dios nunca lo