en voz alta un libro titulado Josefo. Era un viejo volumen encuadernado en cuero, que olía a un centenar de travesías, muy macizo y muy parecido a la Biblia, pero amenizado con relatos de batallas y sitios; y lo leyeron casi de cabo a rabo. Por lo demás, Penn era un hombrecillo callado. A veces no pronunciaba una sola palabra en tres días seguidos, aunque jugaba a las damas, escuchaba las canciones y se reía de los cuentos. Cuando intentaban animarlo, él contestaba: «No quisiera parecer antipático, pero es porque no tengo nada que decir. Siento la cabeza completamente vacía. Casi he olvidado mi nombre». Y sevolvía hacia el tío Salters con una sonrisa expectante.
“Vaya, Pennsylvania Pratt —gritaba Salters—, ¡la próxima vez te olvidarás de mí!”
“No—nunca”, decía Penn, apretando los labios con firmeza. “Pennsylvania Pratt, por supuesto”, repetía una y otra vez. A veces era el tío Salters quien se olvidaba y le decía que era Haskins o Rich o McVitty; pero Penn se quedaba igual de contento—hasta