allí en invierno. El tío Salters como que adoptó a Penn, sabiendo muy bien cuál era su problema; y se lo trajo al Este, y le dio trabajo en su granja”.
—Vaya, le oí llamar a Penn agricultor anoche, cuando chocaron los botes. ¿Es tu tío Salters agricultor?
—¡Granjero! —gritó Dan—. No hay agua suficiente entre aquí y Hatt’rus como para lavarle el barro del arado de las botas. Es un maldito granjero empedernido. Mira, Harve, a ese hombre lo he visto enganchar un cubo, ya cerca del poniente, y ponerse a juguetear con la llave del barril de agua como si fuera la ubre de una vaca. Hasta ese punto es granjero.
Pues Penn y él llevaban la granja —por el rumbo de Exeter, era. El tío Salters la vendió esta primavera a un papanatas de Boston que quería hacerse una casa de verano, y sacó un buen pico por ella. Bueno, esos dos chalados se apañaban como podían hasta que, un día, la iglesia de Penn —él había pertenecido a los moravos— dio con el sitio donde andaba a la deriva y apostado, y le escribió al tío Salters. Nunca supe exactamente lo que le dijeron; pero el tío Salters se puso hecho una furia. Él es episcopal más que nada— pero se los cantó a los cuatro vientos, ¡como si fuera bautista!; y dijo que no iba a entregarle a Penn a ninguna maldita cofradía morava de Pensilvania ni de ninguna otra parte.
Luego vino a ver a papá, trayendo a Penn—eso fue hace dos viajes—y dijo que él y Penn debían pescar un viaje por su