de la Ballena! —bramó el tío Salters, un hombrecito gordo y rechoncho—. ¡Vuelves a caerme encima otra vez! ¿Dijiste cuarenta y dos o cuarenta y cinco?
“Lo he olvidado, señor Salters. Vamos a contar”.
—No me parece que puedan ser cuarenta y cinco. Yo tengo cuarenta y cinco —dijo el tío Salters—. Cuenta con cuidado, Penn.
Disko Troop came out of the cabin.
“Salters, you pitch your fish in naow at once,” he said in the tone of authority.
—No vayas a echar a perder la pesca, papá —murmuró Dan—. Esos dos apenas van empezando.
—¡Madre del amor hermoso! Las está desprendiendo una a una —aulló Long Jack, mientras el tío Salters se ponía a trabajar laboriosamente; el hombre bajito del otro dory contaba una línea de