—¿Alguna vez pensaste cuán dulce sería navegar con una tripulación entera de Salterses? —dijo Long Jack—. ¡La mitad en el surco y la otra mitad en el muladar, como no dijo Ca'houn, y se hace pasar por pescador!
Una pequeña risa estalló a costa de Salters.
Disko calló, y siguió trabajando sobre el cuaderno de bitácora que llevaba con una letra angulosa y apretada; esto era el tipo de cosas que se sucedían, página tras página manchada:
“17 de julio. Este día espesa niebla y pocos peces. Busqué fondeadero hacia el norte. Así termina este día.
“18 de julio. Este día comienza con espesa niebla. Pescamos unos pocos peces.
“19 de julio. Este día comienza con brisa ligera del N. E. y buen tiempo. Busqué fondeadero hacia el este. Pescamos abundantes peces.
“20 de julio. Este, el día de Sabbath, comienza con niebla y vientos ligeros. Así termina este día. Total de peces pescados esta semana, 3.478”.
Nunca trabajaban los domingos, pero sefeitaban y se lavaban si hacía buen tiempo, y Pennsylvania entonaba himnos. Una o dos veces sugirió que, si no era una impertinencia, creía que podía predicar un poco. El tío Salters casi se lo traga vivo ante la mera idea, recordándole que no era un predicador ni debía pensar en semejantes cosas. «¡Lo que nos faltaba es que ahora se acuerde de Johnstown —explicó Salters—, y qué pasaría entonces?», de modo que llegaron a un compromiso: le permitirían leer