—Eso era —respondió Disko—. Más loco que una cabra cuando subió a bordo; pero he de decir que se ha despejado bastante desde entonces. Lo curé yo.
—Sabe contar buenas milongas —dijo Tom Platt—. La otra noche nos habló de un chaval de su tamaño que llevaba un aparejo muy apañado y cuatro ponis arriba y abajo por Toledo, Ohio, me parece que era, y dando cenas a una panda de zagales iguales. Un cuento de hadas de lo más curioso, pero condenadamente interesante. Se sabe montones de ellas.
—Supongo que los saca de su propia cabeza —gritó Disko desde la cabina, donde estaba ocupado con el cuaderno de bitácora—. Es lógico que esa clase de cosas sean inventadas. No engaña a nadie más que a Dan, y él se ríe de eso. Lo he oído, a mis espaldas.
—¿Oyeron lo que dijo Sim’on Peter Ca’houn cuando apañaron un casamiento ’ntre su hermana Hitty y Lorin’ Jerauld, y los muchachos le jugaron aquella broma allá en Georges? —terció el