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nydus/Captains CourageousPublic
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IX

se quedó hablando con Disko, pero los demás formaron una procesión hacia la estación, con la señora Cheyne a la cabeza. La doncella francesa chilló ante la invasión; y Harvey les expuso sin decir una palabra las grandezas del «Constance». Las contemplaron con un silencio igual: cuero repujado, picaportes y pasamanos de plata, terciopelo cortado, cristal grueso, níquel, bronce, hierro forjado y maderas raras del continente con incrustaciones.

“Te lo dije —dijo Harvey—; te lo dije”.

Esta fue su suprema venganza, y una de lo más generosa.

La señora Cheyne dispuso que se sirviera una comida y, para que no faltara nada en la historia que Long Jack contó después en su pensión, los atendió ella misma.

Los hombres acostumbrados a comer en mesitas con vendavales aulladores tienen unos modales curiosamente pulcros y refinados; pero la señora Cheyne, que no lo sabía, se sorprendió.

Anhelaba tener a Manuel de mayordomo, con tanta naturalidad y silencio se comportaba entre la frágil cristalería y la delicada vajilla de plata.

Tom Platt recordó los grandes días en el río Ohio y los modales de los potentados extranjeros que cenaban con los oficiales; y Long Jack, por ser irlandés, puso la conversación trivial hasta que todos se sintieron a gusto.

En el camarote de la We’re Here, los padres se examinaron mutuamente detrás de sus puros. Cheyne sabía muy bien cómo tratar a un hombre al que no podía ofrecerle dinero; de igual modo sabía que no había dinero que pudiera pagar lo que Disko había hecho. Se guardó sus opiniones y esperó una oportunidad.

—Yo no le he hecho nada

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