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nydus/Captains CourageousPublic
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V

El cocinero, como es natural, no participaba en estas conversaciones. Por regla general, solo hablaba cuando era absolutamente necesario; pero a veces le sobrevenía un extrañísimo don de la palabra y se explayaba, medio en gaélico y medio en inglés chapurreado, durante una hora seguida.

Se mostraba especialmente comunicativo con los muchachos, y jamás retiraba su profecía de que algún día Harvey sería el amo de Dan, y de que él llegaría a verlo. Les hablaba del transporte de correos en invierno por los rumbos de Cape Breton, de la recua de perros que va a Coudray, y del vapor de proa reforzada Arctic, que abre paso entre el hielo del continente y la Isla del Príncipe Eduardo.

Luego les contaba historias que su madre le había contado, sobre la vida muy al sur, donde el agua nunca se helaba; y decía que cuando muriera su alma iría a tumbarse en una cálida playa de arena blanca con palmeras que se mecían en lo alto. Aquello les parecía a los muchachos una idea muy extraña para un hombre que en su vida había visto una palmera.

Además, religiosamente en cada comida, le preguntaba a Harvey, y solo a Harvey, si la comida era de su agrado; y esto siempre hacía reír a la «segunda mitad». Sin embargo, tenían un gran respeto por el criterio del cocinero y, en el fondo de su corazón, consideraban a consecuencia de ello a Harvey como una especie de talismán.

Y mientras Harvey absorbía el conocimiento de cosas nuevas por cada poro y una salud recóndita con cada trago del buen aire, el We’re Here seguía su rumbo y cumplía con su labor en el Banco, y los bancos de peces bien prensados, de un gris plateado, se acumulaban cada vez más alto en la bodega. Ninguna jornada de trabajo se salía de lo común, pero los días corrientes eran muchos y muy seguidos.

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