Desde la casa en que tu madre te ve jugar entre los árboles del jardín, así puedes ver tú, si miras a través de las ventanas de este libro, a otro niño, muy, muy lejos, jugar en otro jardín.
Mas no creas en absoluto que puedes, golpeando en la ventana, llamar a ese niño para que te oiga. Él está todo entregado a sus asuntos de juego. No oye; no quiere mirar, ni se dejará atraer fuera de este libro.
Pues, hace mucho tiempo, a decir verdad, ha crecido y se ha marchado, y no es más que un niño de aire el que allí en el jardín se demora.