Sucedió al caer la tarde cuando extraños sucesos acaecen, que advirtió a un capitán acercarse a la orilla del agua. Notó que se acercaba a solas por la penumbra; y le miró el rostro al hombre, ¡y he aquí que el rostro era el suyo! “Este es mi hado”, dijo, “y ahora conozco lo peor; pues muchos caerán mañana, mas yo caeré con los primeros. Oh, tú de la lengua extranjera, tú del rostro pintado, este es el lugar de mi muerte; ¿sabes decirme el nombre del sitio?”
“Desde que los franceses llegaron la han llamado Sault-Marie; pero ese es un nombre para curas, y no para ti y para mí.
Se conocía por otra palabra”, dijo el de la cabeza rapada: “Se llamaba Ticonderoga en los días de los grandes muertos”.
Y aconteció a la mañana siguiente, en lo más furioso del combate, que el Cameron mordió el polvo como predijo por la noche;
y lejos de las colinas de brezo, lejos de las islas del mar, duerme en el lugar del nombre tal como estaba destinado a ser.